sábado, 4 de abril de 2009

Los cien años de Arnoldo (1.909-2.009)

Ayer, tres de Abril, hubiese cumplido cien años mi abuelo Arnoldo Roostna.
La vida no le alcanzó sino para llegar a los sesenta y nueve, aunque fueron bien vividos en una mezcla perfecta de penas y gozos.
Mi abuelo tenía la textura y el porte de un monolito de piedra, pero la suavidad y el silencio de un osito de peluche. Hombre de frases cortas y paseos largos, olía a trabajo y a prudencia. Fue campesino, militar y hombre.
Vivió la guerra a merced de las circunstancias, a las que pareció haber dejado en el olvido de las desgracias y se dedicó a comenzar de nuevo cada día.
Supe por los cuentos que me contaron que por un tiempo se perdió en alguna cárcel serbia, pero el corazón le reclamó vida y la voluntad del cuerpo le concedió el milagro, una vez más. Después de mucho caminar, se presentó en su casa, flaco y pulgoso. Y decidió seguir viviendo. Emigró y se instaló.
Se iluminaba todo con nosotras,sus nietas y con la misma iluminación le soportaba las voluntades a mi abuela, a la que siempre le concedía cuanto deseo se le atravesáse. Se movía sin prisa en las alegrías, como si absorbiera cada instante del remolino delicioso que estaba presenciando.
Me enseñó que los caballos y los hombres, entienden el lenguaje secreto de una caricia; que los atardeceres son un regocijo de silencio que ayuda a la contempación del alma y que la misión de los abuelos es sólo consentir.
Nunca supe qué memorias de sangre y balas lo asaltaban; qué pesadillas había tras su mirada mansa. Pero sus años tras la guerra y durante mi infancia, su presencia fue una fuente inagotable de sabiduría y amor.

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